Quién sabe si un día no podamos ayudarlos a encontrar la paz y ellos nos pasen la receta para tener alto gasto estatal y aún así una economía pujante.   Por Eduardo Blasina "/>

Impresiones de Israel

No te parece que esto tiene un aire a La Floresta? Me dice Rafaela mientras recorro por primera vez un kibutz y tiene toda la razón. Las casas, modestas, son del estilo de las uruguayas de los años 1940 en los balnearios, la arena bien podría ser la de la costa y veo uno de esos árboles que aquí llamamos pata de vaca, unas acacias. Hay un aire a Uruguay, también porque ella es uruguaya, claro.  Unas cuadras más allá está el tambo, y ahí empiezan las diferencias. Jóvenes de 13 y 14 años están ordeñando. Trabajan en el verano sin paga. Luego, a partir de los 15 años, trabajaran con un salario y empezarán a ahorrar. Las vacas estabuladas descansan a la sombra y disfrutan de los ventiladores, más aclimatadas a su lógica holandesa que quienes vamos caminando bajo el implacable sol del desierto y los más de 30 grados que un día tras otro sin nubes que se interpongan hacen del clima algo tanto más previsible que lo de Uruguay. Y ahí se ven los maizales perfectos con riego que alimentan a las vacas. Pero las diferencias radicales con Uruguay y lo que hace a este, como a todos los kibutz, lugares únicos, está unas cuadras más allá, en la fábrica de componentes vinculados a la informática. En el agobio del calor me pierdo la exactitud de la explicación de lo que se fábrica allí. Pero la sensación de multidimensionalidad del tiempo se repetirá constantemente. El pasado de inmigrantes que quisieron establecer un comunismo a pequeña escala, conviviendo con el futuro de producciones que ni siquiera logro entender del todo y el presente de un lugar en el que también se producen paltas para ser exportadas. Tanta tecnología como austeridad. Las casas por dentro también parecen las de un balneario uruguayo. No hay lujo, como tampoco se veía ningún lujo en la cátedra de Química del profesor Raphael Mechoulam, que no difiere demasiado al menos en su despacho de lo que encontraríamos en cualquier cátedra de la Udelar. Me siento un poco desubicado pensando a Uruguay en términos de paisito. ¡Esto sí que es un paisito! Los viajes terminan cuando parece que apenas están empezando. Y las similitudes con Uruguay no cesan. La rambla de Tel Aviv no es muy distinta a la playa mansa de Punta del Este y sus calles aledañas tienen un aire pocitense. Creo que nunca he estado en un lugar tan multicultural. De Yemen, de Rusia, de Irak, de Etiopía, de Argentina y Uruguay sumados a la población árabe local y a negros que quien sabe de donde serán. Siento la imaginaria tentación de armar una comparsa lubola. Para quienes soñamos con un Uruguay cosmopolita en el que el caldero de tradiciones y culturas agite la innovación, este país es un vergel. El espíritu que se respira contrasta con el clima bélico que puede imaginarse quien nunca ha ido. Los terroristas no causan el más mínimo temor, aunque cada tanto se vean civiles armados "por si las moscas". Cuando cae la noche, aunque se trate de un martes o un miércoles, los boliches desbordan de gente, y nuevamente la diversidad impera. Como en los balcones donde las banderas de David se pueden ver al lado de las banderas arco iris. La intersección de diversidad, matemáticas y emprendedurismo hace brotar innovaciones en forma de algoritmos. Todo se piensa en forma de algoritmo. Para fertilizar mejor, para anticipar tendencias de moda, para dosificar a la perfección medicinas complejas para recopilar datos y que de ahí surja una startup que luego será vendida en algunas decenas de millones de dólares y con eso se generará otro conjunto de ideas que se capitalizarán. En este pequeñísimo trozo de desierto cuya historia está erizada de adversidades, nadie se queja, todo se inventa o se transforma. Las aguas servidas pasan a ser  agua potable y fertilizante, la bosta de las vacas, energía y fertilizante, los misiles que caen de Gaza algoritmos que los atajan y que servirán para otras aplicaciones, las inertes aguas del Mar Muerto son sal de mesa y su barro pasa a ser un cosmético. Pero no todo es frenesí y búsqueda de inventar la próxima maravilla que le gane a Silicon Valley. Las playas están repletas, y la cerveza parece ser tan parte de la cultura nacional como el hummus de garbanzo. Y la pregunta incómoda del visitante no es eludida.  ¿Cuándo y cómo se logrará un acuerdo que termine con el conflicto más antiguo de la humanidad? No hay esperanzas que se encuentren fácilmente. No hay soluciones fáciles a la vista. "Algún día estaremos juntos mirando y admirando el atardecer sin preocuparnos de fronteras o nacionalismos", dicen. Pero que primero dejen de atacar por un buen tiempo, me dice mi nuevo amigo  Amnón. Tampoco es fácil para otros amigos como el iraquí que está armando una farmacéutica para desarrollar el cannabidiol que tan bien le ha hecho a su novia, víctima de un atentado en Jerusalén un año y medio atrás. Me muestra el barrio de Mosul donde su familia vivio hasta ser expulsada en 1950. Una montaña de escombros. Difícil perdonar la violencia ciega y el fanatismo que por el azar de la destrucción ha golpeado a su compañera de vida.  De una historia de vida asombrosa a otra, de una tecnología futurista a otra, mi cabeza da vueltas y trato de no distraerme demasiado. Las bicicletas eléctricas pasan zumbando y alternan calle con vereda. Los israelíes han solucionado cómo hacer la mejor  en el desierto y cómo vivir en paz en medio de un territorio hostil. Pero hay algo que no han logrado solucionar hasta ahora: estacionar un automóvil es una tarea para la que hay que programar varios minutos. Pero la solución, como en tantos lugares inteligentes del mundo va en camino y tiene dos ruedas. "Ya no uso más el auto" me dice José Ignacio, joven fanático de Defensor que trabaja en software. "Voy y vengo en bici, me siento más parte de la ciudad, no pierdo tiempo estacionando, no contamino". Después de una noche de verano, de evocar al gran caudillo de Rampla y Defensor Hebert Silva Cantera, no puedo dejar de pensar en lo afortunado que he sido por este viaje que hemos armado con la Cámara de Comercio Uruguay-israel y en el que tantas informaciones, experiencias, emociones y reflexiones han agitado mis neuronas. Las conexiones culturales son más de las que uno imaginaría. Hasta tienen una cantante morena, Ester Rada, que podría ser hija de Ruben, hermana de Julieta. Sus músicas por momento son un soul global y por momentos podrían ubicarse cerca del funk de la Abuela Coca. La música en Israel suena por todos lados y uno cena escuchando Smoke on the Water de Deep Purple. Pero eso sí, con su lengua originaria no negocian. Ellos hablan permanentemente hebreo y uno hasta que no se pasan al inglés no entiende nada. Nunca los escuché quejarse a estos maestros de convertir adversidades en ventajas, cazadores de algoritmos, emprendedores que aseguran que si no te has fundido nunca antes de los 35 años no has arriesgado lo suficiente. Los que de un caño roto hacen una multinacional del riego, los que sacan melones de los arenales. Tienen mucho de utilidad para ver, observar y aplicar en el Uruguay del siglo XXI. Dos países pequeños, caros, que atraen inmigrantes, con múltiples interacciones por explorar. Quién sabe si un día no podamos ayudarlos a encontrar el algoritmo de la paz definitiva que desactive al fundamentalismo que los rodea. Y ellos por su lado nos pasen la receta para tener un alto gasto estatal inevitable en defensa y aún así, lograr una economía pujante y estable que no tiene otros vaivenes que los derivados de la innovación permanente.
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